Los chicos de la guerra

Los niños soldados, según la UNICEF “toda persona menor de dieciocho años de edad que forma parte de cualquier fuerza armada regular o irregular” representan una realidad presente en África, Asia y países de Latinoamérica. En algunas guerras civiles como las de Congo, Liberia y Sierra Leona, el porcentaje de niños soldado llego a ser del 70 % del total de las milicias. La utilización de niños en hechos armados es milenaria, pero en los últimos años se ha agregado como táctica la utilización de drogas para  fortalecer la eficacia y el accionar a estos niños armados, en particular cocaína y anfetaminas. Niños que matan sin vacilar, si comprender el significado de la muerte y que se comportan como maquinas. Niños que no tendrán adultez ni desarrollo personal posible, incluso en el caso que sobrevivan a los conflictos armados en donde son reclutados forzosamente. Habitualmente se trata de disputas civiles en zonas de Estado débil, zonas sin ley,  donde la línea de batalla contra los enemigos es difusa y las víctimas civiles se llevan la mayoría de las bajas. Conflictos con el sello de la guerra financiada con el tráfico de drogas. Los avances en diseño y manufactura permiten que los niños porten armas y que se transformen en guerreros letales. En algunos conflictos, la utilización de la famosa “Kalashnikov”, un arma fácilmente utilizable por niños y que se consigue en el mercado negro a pocos dólares, es tan frecuente por parte de menores que se denominó este fenómeno “niños Kalashnnikov”. El uso de drogas por parte de estos niños es un hecho aceptado por muchas milicias para lograr combatientes formidables, resueltos y eficaces. Los niños soldado son un buen negocio: comen  y beben menos, son más baratos de mantener, no necesitan alojamiento ni vestimenta especiales, cumplen ordenes con mayor docilidad, son más susceptibles de adoctrinamiento (a través de brutales ritos iniciáticos),  no dependen de sofisticados sistemas lógicos para sus operaciones y se los puede enviar rápidamente a la primera line de fuego sin mas que un adiestramiento rudimentario y en más de una vez desconciertan a las tropas o fuerzas adultas regulares de la contraparte. Según Kamienski en su texto “Las drogas en la guerra”  (2017) los niños soldado no solo no tienen nada que perder, sino que no han desarrollado una correcta comprensión del valor de la vida. Los niños son candidatos ideales para ser convertidos en guerreros leales, que rompen con su vida pasada (muchas veces inexistente) y se incorporan a una estructura de patronazgo que viene a reemplazar todos los vínculos del pasado. En Latinoamérica los grupos de “niños soldado” urbanos adquieren otra morfología pero con principios muy similares y se han convertido en el brazo armado de los carteles de la droga. Las cifras indican que seis mil niños son parte de la estructura del tráfico en las favelas de Rio de Janeiro y que existen cerca de treinta mil en México. El perfil de los niños reclutados es siempre el mismo: pobreza extrema, ausencia sistemática de una salida posible y la promesa de una buena paga.

En el gueto de pobreza de muchos sectores de la provincia de Buenos Aires, la relación más cercana y empática de muchos jóvenes y hasta niños es el dealer, el transa. Donde el Estado está ausente en forma estructural, existen estructuras sociales que rellenan grotescamente ese agujero, desde la compra de zapatillas, los gastos de velorio de un ser querido hasta los honorarios médicos de una intervención quirúrgica, es muchas veces el transa del barrio el que oficial como facilitador de recursos. En la miseria y exclusión extrema,  el transa del barrio cumple el rol del Estado y se convierte en un ideal social. -Quiero ser transa- dicen los chicos. Ni policía ni medico ni abogado. Transa. Autos, plata en la mano, diversión, buena pilcha, respeto.

En plena ola de violencia narco policial en Rosario y en un contexto político nacional atravesado por la ratificación del paradigma de la guerra contra las drogas, el intervencionismo geopolítico de la DEA, y de proyectos del Poder Ejecutivo para disminuir la edad de punibilidad, el reclutamiento de niños para el negocio narco está vigente y activo. Representan un eslabón clave y vital del negocio.

En la profunda investigación periodística de los periodistas De los Santos y Lascano para su libro “Los monos” (2017) se describe como la parte más sustancial del negocio consiste en el rol de los chicos. Las bandas narcos reclutan niños desde los ocho años a través de conocidos en el barrio, los invitan a cortar la droga o despacharla y de esta manera sustentan lo que consumen y obtienen además un redito económicos muy superior a cualquier chico de su edad. Los niños tienen como ideal de identificación a los triunfadores que surgen de las mismas calles, para viajar, comprar cosas o pasear en autos de lujo. La maquinaria narco ofrece una ilusión de salida y los niños “soldadito” custodian  en guardias infrahumanas los precarios bunker de cemento (celdas de encierro y tortura para ellos mismos), realizan los trabajos pesados, son perseguidos (por la policía y otras bandas rivales) , son fusilados y  si corren con mejor suerte, pueden ser  detenidos por las fuerzas federales en espectaculares procedimientos con helicópteros y cámaras GoPro. En Rosario según el informe periodístico citado el 40 por ciento de los sepulcros de su mayor cementerio en los últimos cinco años está ocupado por jóvenes víctimas de la denominada guerra por las drogas entre bandas. Formen parte de una milicia regular en  un contexto de guerra civil o integren  bandas urbanas de narco criminalidad, los niños soldados representan un problema actual grave y en alza.

Los niños soldados son un dolor anestesiado. Un reflejo de la desigualdad extrema. Chicos de la guerra que encuentran su destino vital en la misma muerte.                                                                                                                      Y todo antes de comenzar a vivir.

Dr. Federico Pavlovsky y Dra. Rebeca Faur

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