La casa es una máquina de habitar – Lê Corbusier

Charles Jeanneret nació en 1887 en la localidad suiza Chaux de Fonds, por ese entonces la ciudad más importante a nivel mundial de fabricación de relojes. Su padre fue un esmaltador de cajas de relojes y su madre profesora de piano. De ascendencia aristocrática, desde niño se interiorizó por el análisis geométrico y las formas de la naturaleza.

A sus 19 años realizó su primera casa por encargo (con la ayuda de un equipo) la Ville Fallet (1907) y en 1916 su primera casa íntegramente, la Ville Schnow.  Dedicó varios años a viajar por Europa (1907 a 1912), donde visitó templos, monasterios y construcciones diversas en Asia, Grecia e Italia. Dos ciudades lo marcaron a fuego: Constantinopla y Atenas. Sobre el Partenón dijo: “son piedras que hacen música”.

Afín a la observación directa, siempre viajaba equipado con cámara fotográfica de placas y bloques de notas. Dibujaba, calcaba, tomaba notas.  Le Corbusier desarrolló un método de observación: carnet de viaje, toma de apuntes geográficos, analizar el terreno desde el aire. Estudió bellas artes y tomó clases particulares de matemática, un lenguaje que consideraba casi superior. Dibujaba sin cesar, evitando la proximidad, desde aviones o buques o simplemente alejándose: “no tomen fotos, dibujen, la foto impide ver”

En la década del 20 comenzó a convertirse en una figura pública curiosa: arquitecto, pintor y escritor, con un texto que sacudió la arquitectura mundial (Hacia una arquitectura, 1923) y que actualmente es bibliografía obligatoria en las principales universidades del mundo. Padre del urbanismo moderno, se trata de uno de los pocos arquitectos que conoce “el gran público”, su rostro está presente en sellos de correos, billetes de 10 francos y hasta en suvenires.

Estudió en profundidad el caos del crecimiento de las grandes ciudades, “que sube como una marea” y planteo que se debía “demoler el centro de las grandes ciudades” y realizar una profunda reconstrucción: descongestionar el centro de las ciudades, mejorar los medios de comunicación, extender las superficies plantadas y aumentar la densidad habitacional en el centro, para concentrar en un pequeño sector la vida laboral y comercial. La ciudad se “mata a sí misma” y debe renacer desde su propio centro.

En el periodo de la postguerra diseñó una central eléctrica, edificios y hasta un matadero. En particular planificó un tipo de casa económica denominada “Dom-ino” (1915) un desarrollo acelerado y en serie de hormigón armado y elementos prefabricados, que pretendio ser una respuesta a la devastación de la guerra. Se inspiró en los buques de guerra y analizó métodos de construcción económicos como el ladrillo aislante (que patentó como invento).

En vez de “palacios para pelucas, necesitamos recuperar la casa corriente, universal, la escala humana”. El palacio para Le Corbusier es mentira, pretensión, despilfarro, manifestación de lo fastuoso.  Es aquí donde introduce el término que se volvió célebre: “la casa es una máquina de habitar, no un mausoleo”.

La arquitectura es emocional, nos debe afectar, está viva: “la emoción arquitectónica es el juego sabio, correcto, magnífico de los volúmenes bajo la luz”. La arquitectura es vista por los ojos en movimiento (literalmente explica que la arquitectura es mirada a la altura de los ojos, en promedio, 1,70 m) y medida con el espíritu. La arquitectura se aprecia a pie, andando, desplazándose. La “mala arquitectura” esta coagulada alrededor de un punto fijo, irreal, extraño a la ley humana.

El humano responde al orden, a la geometría, con una “sensación arquitectural”, una vivencia que invade el corazón y dirige nuestras miradas, de tal intensidad que puede adquirir características “esotéricas” y uno tiene la impresión, que está utilizando el lenguaje de los dioses.  Los elementos arquitectónicos son para Le Corbusier la luz, la sombra, el muro y el espacio. El trabajo humano se desarrolla a través de líneas y las ciudades se construyen bajo el reinado del ángulo recto. “Dibujar deja poco espacio para la mentira”, decía. La arquitectura debe establecer con materias primas relaciones conmovedoras a través de la proporción. Dice Le Corbusier: “La arquitectura es una necesidad urgente del hombre. Somos desgraciados por habitar casas indignas que arruinan nuestra salud”.

Si todo es incómodo e insalubre, no hay hogar ni familia ni espíritu. La arquitectura es un drama, un juego de luces, sombras y vacíos. La casa no es solo para comer o dormir, también estudiar, reunirse con amigos, divertirse. La casa es antropocéntrica: todo se remite al ser humano.

El urbanista

Le Corbusier por momentos tiene un discurso médico, abundan sus imágenes de anatomía y fisiología, equiparando las casas con seres vivientes. Las casas forman calles y las calles ciudades; estas ciudades son organismos dotados de un alma con capacidad para sentir, sufrir y admirar. El centro de la ciudad es el corazón y luego las arterias, arteriolas y capilares representan las vías de distribución y circulación de la potencia vital.

Dice sobre sí mismo: “por momentos me parezco más a un cirujano que a un arquitecto”. La ciudad actual produce enfermedad física y moral, una masa amorfa que crece sin sentido y que asfixia a sus habitantes.

En una lectura social y política, pronóstico que las condiciones de urbanismo de la década del 20, podrían provocar una gran crisis social, alienación en los individuos y alertó con la sentencia “Arquitectura o Revolución”, con el claro objetivo que lo segundo no ocurriese.

La arquitectura no solo es construir, debe brindar alegría y serenidad, incluir la proporción y se trata de una creación artística, más allá de las exigencias utilitarias.  Estudioso de la circulación y las distancias que recorre la población a diario, señaló el problema del alojamiento como un aspecto urgente.  Junto con su amigo Ozefant, fundó la revista L´Esprit Nouveau (1920), dedicada al análisis político, música, urbanismo, tecnología y psicoanálisis. Es aquí donde adoptó el seudónimo Le Corbusier (similar a cuervo, en francés), aunque como pintor siguió utilizando su nombre. Junto con su primo Pierre y Charlotte Perrinand en los años 20 diseñaron una serie de muebles luego de estudiar como el cuerpo se acomodaba naturalmente en reposo. Piezas que se han convertido en míticas: el sillón de respaldo basculante, la silla giratoria y la chaise longe.

Su viaje a Argentina

En 1929, invitado por Victoria Ocampo, brindó diez conferencias en Buenos Aires organizadas por la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA. Al recorrer la ciudad, formuló un diagnóstico sombrío: “es la ciudad más inhumana que he conocido, verdaderamente el corazón se martiriza. He recorrido las calles por semanas y me he sentido deprimido, furioso, desesperado. Todo caótico, sucio e improvisado”

Le Corbusier diseñó un plan para Buenos Aires, planteó que la ciudad debía abrirse al mar, abandonar el trazado español de la colonización (nuevas manzanas de 400 metros). Proyecto acondicionar el sistema portuario, construir rascacielos en tierra firme y en el río, la construcción de un centro de negocios, centros de deporte y trazar dos avenidas como ejes (la avenida de mayo y una nueva avenida, que se llamaría 6 de Julio).

En sus apuntes personales solo se salva la casa de Ocampo, la avenida Alvear y los bosques de Palermo. Le Corbusier fue siempre un admirador de los aviadores, en Argentina fue pilotado por Jean Mermoz, quien fundó la línea aérea postal Francia-América del Sur y por el escritor Saint Exupery.

En Latinoamérica, donde se tuvo una gran repercusión, también realizó esbozos para reconstruir las ciudades de Montevideo, Río de Janeiro y San Pablo, aunque ningún proyecto fue aprobado.

Enamorado de las máquinas “al servicio del hombre”, y de las grandes construcciones como las represas modernas, a través de las décadas fue un asiduo viajero de trenes, naves, aeroplanos, dirigibles y sobre todo transatlánticos. Fue un admirador del vehículo Voisin C7 18.330, construido con procesos aeronáuticos, que utilizó para sus desplazamientos en Europa y como modelo fotográfico al frente de sus construcciones (1927-1930).

El Voisin C7 protagonizó gran parte de las imágenes corbuserianas de la arquitectura de esos años, a tal punto, que podría decirse que es el automóvil más conocido en el mundo de la arquitectura.  En 1936 no logró convencer a los fabricantes de producir su propio modelo de automóvil, el voiture minimun y gradualmente fue perdiendo interés por este tema y con los años llegó a concebir la marea de vehículos en una ciudad como una amenaza.

De su experiencia como pasajero, surgió una de sus más conocidas máximas: “Un hombre feliz realiza todas las funciones de la vida doméstica, se lava, escribe, lee, recibe amigos, en 15 m2”. Sus viajes también sirvieron de estímulo para toda una serie de innovaciones: “calles aéreas”, jerarquizar la circulación de las personas, habitaciones suspendidas, servicios comunes y de gastronomía.

Una ciudad moderna para tres millones de habitantes

Diseñó una ciudad moderna (1922) para “tres millones de habitantes”, que nunca fue proyectada en un lugar específico, cubierta de árboles y vegetación, con autopistas en altura, casas sobre pilotes y rascacielos de cristal. Diseñó todo un sistema de rampas, ascensores, un complejo organismo de circulación horizontal a 6 metros de altura, con acceso a las terrazas de las viviendas, donde a su vez podrían instalarse solárium, piscinas, salas de gimnasio, lectura y sectores de comercio y paseo.

El sol es el señor de la vida, decía Le Corbusier, “en toda vivienda debe penetrar al menos dos horas por día”. Es imperioso construir en altura y que las ventanas den a pulmones verdes. El urbanismo debía favorecer la actividad física, regular, diaria, para escapar del sedentarismo, pero al mismo tiempo señaló: “hay que instalar el deporte al pie de las casas”, para evitar engorrosos desplazamientos.

Una de sus mayores preocupaciones fue el ruido, “debe ser vencido”, lo sufrimos a cada momento y causa desastres en las personas. Vaticino que en el futuro, “un millonario ofrecerá a sus amigos como premio unas horas de silencio absoluto”. Estudioso del impacto emocional de la arquitectura, Le Corbusier define que un individuo que pierde contacto con la naturaleza, sufre un menoscabo que paga muy caro, con enfermedad y decrepitud.

El descanso de 8 horas debe ser imperturbable, es el momento de respirar y alertó respecto a la necesidad que las personas dispongan de horas libres. El descanso como una experiencia unificadora de salud física y moral.

Estableció en sus escritos que una ciudad necesita en forma imperiosa medios de transporte abundantes y cómodos.  En el viaje en barco a Río de Janeiro luego de sus conferencias en Buenos Aires, conoció a la cantante de cabaret Josephine Baker, con quien vivió un romance breve y feroz. Baker décadas después, fue reconocida como una heroína en la segunda guerra mundial, por el rol de espía que ejercía en la Francia ocupada. En sus viajes a Brasil (volvería en tres oportunidades) trabajó con dos discípulos que luego serían también arquitectos destacados, Oscar Niemeyer y Lúcio Costa.

Las ciudades han sido construidas por la áspera e imbécil acción individual.  Imagina una ciudad ideal donde las viviendas y el lugar de trabajo están ubicadas a una corta distancia para evitar extenuantes traslados.  Dibujo una ciudad con grandes avenidas, jardines en las azoteas, un centro con grandes rascacielos cruceiformes de 60 pisos y plataformas de aterrizaje para máquinas que aún no existían: aero taxis y aviones de despegue vertical.

Una ciudad estratificada en cuatro niveles, tres de ellos subterráneos, uno para el subterráneo y los otros dos para trenes de corta y larga distancia. Explica que las ciudades actuales no tienen arterias, sino capilares, razón por lo cual su crecimiento es la muerte. Los trazos de comunicación deben ser rectos, “la curva es ruinosa y peligrosa”. El trazado de la ciudad define la higiene y la salud moral de sus habitantes. En relación a la influencia entre urbanismo y salud mental establece: “los hospitales proporcionan anualmente unas estadísticas admirables; está muy bien saber cómo morimos. Pero también deberían preguntar cómo vivimos, donde trabajamos, porque medios acudimos al hospital, cuanto tiempo dedicamos a viajar a los trabajos cada día”.

Paradójicamente, cuando presentó este plan, fue tratado literalmente como un loco (no sería la última vez). Una segunda ciudad proyectada fue la “Ville Radieuse” (1932), con el fin de aplicarse a ciudades reales como Moscú, Amberes o Buenos Aires. Como uno de los arquitectos más importantes de la modernidad, inauguró una manera de presentar sus proyectos: planos, fotografías, imágenes en perspectiva (croquis, dibujos y maquetas) y una instalación que incluía una escenografía real con imágenes panorámicas.

En 1926 estableció una serio de principios cardinales que estarían presentes en todos sus proyectos como arquitecto desde ese entonces, los cinco puntos de una nueva arquitectura:

1 la casa elevada ubicada sobre pilotes: para “olvidar” la casa hundida en el suelo, oscura y húmeda, con la posibilidad de crear un sistema de calles aéreas a distintas alturas, conectadas con un sistema de rampas y ascensores.

2 la terraza jardín: con huertas, solarium, gimnasio, paseos verdes.

3 la planta libre: para ganar espacio y con distintas funciones.

4 las ventanas horizontales: considera a la ventana como la pieza central de la obra arquitectónica, cuya función no es solo ventilar sino dar luz y permitir ver más allá, efecto que se logra con ventanas horizontales extensas, en vez de las pequeñas ventanas verticales. La ventana es un encuadre, que dirige la vista (truco visual constante en la obra de Le Corbusier).  El paisaje se introduce en la casa, la luz que ingresa borra los rincones oscuros y elimina las sombras.

5 la fachada libre: gracias a los nuevos materiales (hormigón y acero), deja de cumplir un rol de sostén para la casa, permite el ingreso de la luz, se articula con el briseil soleil, un filtro que establece una zona de transición entre el exterior y el interior, una epidermis permeable, una cobertura que facilita el aislamiento térmico.

En 1925 diseñó un modelo de reconstrucción para París, el plan Voisin, una ciudad de negocios con autopistas, rascacielos cruciformes de 180 metros y grandes zonas verdes. Fue acusado de “bárbaro y cínico” por proponer demoler una parte del centro de la ciudad y acusado de intentar “americanizar” París.

Intentó sin éxito convencer a los gigantes de la industria (Citrohen, Renault, Fiat, Olivetti) para producir casas -en serie- en fábricas, pero solo tuvo algunos resultados parciales. Sobre la descomposición de las ciudades señaló: “es una locura que las personas no puedan ver jamás el paisaje desde sus casas o sus lugares de trabajo, agrupándose en la habitual jungla de cemento y asfalto”.

Moscú y Nueva York

En Moscú, donde fue recibido como una celebridad por científicos y artistas (como Sergei Eisenstein), su plan urbano (“Respuesta para Moscú”) también fracasó, pero logró construir el edificio Centrosoyuz (1934). Desarrollo una innovación de climatización central, un adelanto del aire acondicionado (ventanas con espacio vacío entre las ambas fachadas), pero terminó en un gran fiasco y dolor de cabeza: frío intolerable en invierno y calor penoso en verano.  La relación con los soviéticos no terminó nada bien y de hecho fue designado “persona no grata”, el edificio fue considerado como un elemento “extranjero” y algunos críticos llegaron a catalogarlo como “una orgia de vidrio y cemento”.

En 1935 realizó su primer viaje a los Estados Unidos, invitado por el Departamento de Arquitectura del MOMA, presentó la “Ville Radieuse”. Se impresionó con la tecnología aplicada en los edificios: ascensores para 20 personas que ascendían 400 metros el minuto y con los montacargas, que podían transportar un camión a la azotea.

Remarcó la capacidad pragmática y eficaz del trabajo en equipo norteamericano, con una división “impecable e implacable” de las responsabilidades y la genialidad de las autopistas en altura, así como también a los grandes puentes suspendidos. Criticó la brutalidad de la ciudad para con sus habitantes, su despiadada aceleración: “Nueva York es una catástrofe, bella y digna, abruma a los hombres”.

Como muestra de su relación ambivalente con la cultura norteamericana, en la conferencia de prensa de bienvenida, aun en el puerto, declaró: “los rascacielos que vi desde el barco son demasiados pequeños y numerosos”.  Los rascacielos corbuserianos tienen en sus planos proporciones enormes en ámbitos rodeados de verde, bajo la regla: “12/88”: un 12 % de superficie construida (alta densidad de habitabilidad) con 88 % de parques con distintos fines.  Sectores insonorizados, superficies exteriores lisas vidriadas y permeables a la luz, servicios comunes de todo tipo, una construcción que podría alojar a decenas de miles.

En Nueva York encuentra rascacielos “románticos” que han enloquecido la ciudad y matado la ciudad. Describió una “multitud” que perdía 6 horas por día, para llegar y volver del trabajo, a los que calificó como “nuevos esclavos”. Denuncio los prejuicios raciales imperantes y la Ley del dinero (“time is money”) que regía cada interacción humana y la dudosa bondad de los filántropos.

Fue testigo del avance vertiginoso del periodismo (diarios de 100 páginas), de la industria de la publicidad, y por último, afirmó que el desarrollo del jazz era muy superior que al de la arquitectura de la ciudad. Con este compacto de definiciones, no resulta sorprendente que Le Corbusier no haya obtenido ningún encargo en este viaje.

 

La casa Curuchet

En el año 1949 diseñó la única casa que construyó en el país, que tomó el nombre de su dueño, el médico cirujano e inventor, Dr. Curuchet, situada en la calle 1 y 54 de la ciudad de La Plata.  Diseñó 16 planos y maquetas de una casa-consultorio y designó al arquitecto Amancio Williams como realizador de la obra. El devenir de la obra fue lento y con infinidad de complicaciones y el propietario terminó por aborrecer al arquitecto Williams, “quería retorcerle el pescuezo” llegó a decir.

Curuchet definió al proceso de construcción como “largo, penoso y decepcionante”.    Curuchet recuerda además el agobio cotidiano por las visitas a toda hora de fanáticos de Le Corbusier que visitaban su casa y como elemento aún más intolerable, la “excesiva luminosidad imposible de gobernar” que ingresaba de los múltiples ventanales. Curuchet al poco tiempo, abandonó la casa y se retiró a vivir al campo.

En 2018 esta casa, la única construcción de Le Corbusier en Argentina, fue declarada Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO y hoy es una de las atracciones turísticas de la ciudad, donde puñados de alumnos y curiosos acuden diariamente: rampas, pilotes, briseil soleil, ventanas extensas, claraboyas, aislación térmica y acústica, fachada libre, terraza jardín, mobiliario empotrado…. todo un compendio lecorbusiano.

En esta casa se filmó la película “El hombre de al lado” (2009), realización de Gastón Duprat y Mariano Cohn, donde dos vecinos batallan a raíz de la apertura de una ventana en la medianera que ambos reclaman como propia.  Duprat y Cohn realizaron uno de los más geniales programas de televisión, llamado “Cuentos de terror” (2003), donde Alberto Laiseca narraba – actuaba cuentos de espanto celebres.

El 28 de septiembre repasamos vida y obra de Le Corbusier en vivo. Ingresá al evento y activá un recordatorio.

 

El programa duraba cinco minutos y se transmitía por I Sat los viernes a las 23:55 pm. Fue tal el impacto que tuvo en mí este programa que me sumergí en la obra de Laiseca, le realicé un reportaje e incluso tomé clases particulares con él. En su biblioteca repleta con libros forrados en blanco (“porque los libros son algo íntimo”), varias veces mencionó a Ayn Rand, como una autora fundamental.

Muchos años después, mientras escribía esta nota leí la novela El Manantial (1943) de su autoría, cuyo protagonista, Howard Roark, parece haber estado inspirado en el arquitecto norteamericano Frank Lloyd Wright, el único los personajes contemporáneos con el que Le Corbusier competía en forma directa.  Ambos mantenían una relación de estudio recíproco, un trato distante y hasta hostil. La Villa Schnow, por ejemplo, es una casa explícitamente inspirada en la casa Hardy, obra del arquitecto norteamericano.

La carta de Atenas

En la Francia ocupada, se alineó con la república de Vichy, lo que le valió distanciamientos y críticas. Le Corbusier habló poco y nada de la guerra, pero sí en cambio se entusiasmó por las oportunidades que ofreció la reconstrucción: “el verde ocupara los vacíos dejados por las demoliciones”. Sin Embargo, en la reconstrucción de Francia, no se tomó ninguna de sus ideas, así como tampoco fue seleccionado para la sede de las Naciones Unidas, dos de los golpes profesionales más fuertes que recibió.

En 1945, publicó la Carta de Atenas, donde formulo los cuatro principios urbanísticos que debían regir las ciudades modernas:

  1. Garantizar alojamientos sanos a las personas: edificios con jardines en sus terrazas (ciudad jardín), huertas individuales, acceso del sol (que debe ser el elemento ordenador de la rutina), áreas para deportes cotidianos, alojamientos separados de las calles, caminos especiales para peatones, servicios comunes en los edificios (funcionamiento símil hotel) y servicios de salud.
  2. Organizar los lugares de trabajo: los ámbitos laborales necesitan aire limpio, iluminación natural, cuidar a las personas. Las distancias con el trabajo deben reducirse al mínimo. Las ciudades deben servir para habitar, circular, trabajar y la recreación.
  3. Crear extensas zonas verdes entre las construcciones.
  4. Diseñar espacios para cultivar el cuerpo y el espíritu: existe una relación directa y estrecha entre las condiciones de vida y la salud.
  5. Establecer una circulación estratégica: vías de circulación horizontales y verticales (con grandes ascensores). Pocos años después en 1948 dio a conocer la “Regla de las 7 V”, un sistema de circulación urbano, diferencial de acuerdo a la actividad que se realice.

Es recién en 1952, a sus 60 años que Le Corbusier recibe el primer encargo oficial del gobierno Francés, para realizar la Unidad de Habitación de Marsella, una unidad para 2000 habitantes, el prototipo de vivienda colectiva, con el fin de alojar víctimas de los barrios destruidos durante la guerra.

Este edificio, pensado como un rascacielos horizontal, recibió todo tipo de críticas en los medios y un psiquiatra, presidente del colegio médico, pronosticó “un aumento de casos psiquiátricos”. Al edificio se lo llamó “maison du fada” (la casa del loco). Un edificio moderno, a 5 metros de altura del piso, que replica la cubierta de un transatlántico.  Espacios para usos múltiples y colectivos, pista de carreras, comercios (panadería, pescadería y carnicería), restaurante y enfermería. En el último piso una guardería para niños, piscina y gimnasio cubierto.

Le Corbusier señaló al respecto: “es el primer palacio-monumento no construido para un príncipe sino para el hombre”.  El edificio de Marsella, utiliza las nuevas tecnologías (acero y hormigón armado, y reúne todos los principios lecorbusianos: pilotes, calles internas, sistema briseil solei, techos con jardines y el “Modulor” como medida de construcción, un sistema de proporciones relacionadas con la figura humana, inspirada en Leonardo Da Vinci.

Las construcciones espirituales y el final

En la posguerra comenzó un interés por las construcciones espirituales, construyó la Catedral de Ronchamp (1955) y el monasterio de la Tourette (1960), esta última con la colaboración del ingeniero y músico Iannis Xenakis,   Cuando fue contratado, el sacerdote que defendió su designación (resistida) señaló: “es mejor buscar genios sin fe, que creyentes sin talento”.

Son años finales devenires metafísicos, Le Corbusier diseñó estos templos con una dimensión “cósmica”, edificios sagrados con la misión de decodificar el movimiento de los astros, de la luz solar o de las fuerzas telúricas. Una tercera iglesia, Saint- Pierre, quedó inconclusa y fue terminada en el año 2007.

Su fascinación por el mundo maquinal de los primeros años se vio autolimitado e incluso lanzó alguna advertencia con enorme actualidad: “la adaptación a los beneficios de la máquina es automática y por ello la alegría es efímera, el acceso a la felicidad espiritual es permanente

Autodidacta, hombre visual, ignoro los tratados formales de arquitectura, fue criticado por la izquierda política (por conservador) y por la derecha (por ser “caballo de Troya del Bolchevismo”), y también destratado por la academia. Aquello que Le Corbusier había ofrecido a Europa, América, África y la Rusia Soviética, fue aceptado por la India. En 1953 logró construir la primera ciudad desde cero, Chandigarh, al pie del Himalaya.   

En los últimos años, fue contratado en Tokyo (Museo) y finalmente, en Boston (Centro de Artes) y se le encargó un hospital de agudos para la ciudad de Venecia, aunque este último no se realizó. El mundo de los negocios no fue el punto fuerte de Le Corbusier, siempre a la pesca torpe de financiadores.

El hospital de Venecia, hubiese sido un premio justo para el arquitecto que más foco hizo en la salud mental y física de los habitantes.  El proyecto era 1200 camas, una mini ciudad de cuatro niveles, donde cada enfermo disponía de una unidad para habitar de 3 x 3 metros, con paneles móviles, acceso a luz solar y vidrios de colores: “hay que tener en cuenta la importancia psicológica del color sobre el comportamiento del paciente”.

Sería construido mitad sobre la tierra y mitad sobre el agua, con patios para permitir la ventilación e iluminación de los distintos niveles. El diseño del hospital, que no se realizó, es al mismo tiempo un reflejo del gran nivel conceptual en el que se encontraba Le Corbusier hacia el final de su carrera. Atributo que compartió con unos pocos arquitectos de nivel mundial, como el ya citado Frank Lloyd Wright.

Su último texto “Mise au Point” (1966) es una suerte de testamento espiritual, con un sabor a final cercano. En este libro, póstumo, se define asimismo como un mal escritor, explica que lo único transmisible es el pensamiento y la necesidad de actuar con exactitud en cada acto personal y profesional.

Quizá dolido por tantas críticas de la prensa, se ensaña con los periodistas “cuya actividad solo vale un día”, los burócratas y sobretodo los académicos. La lectura de esta publicación, permite atar cabos respecto a sus últimos días: “mirad la superficie del agua…. Al final todo retorna al mar”.

En 1951 construyó para su mujer Ivonne una emblemática cabaña en la playa cerca de la estación Roquebrune-Cap- Martin, donde la pareja paso sus veraneos por años. El 27 de agosto de 1965 Le Corbusier murió ahogado luego de adentrarse en el mar, para cumplir con su profecía y sueño: morir nadando hacia el sol.

Le Corbusier construyó en seis décadas 75 edificios en doce países y diseñó 42 proyectos urbanísticos, dejó un legado de 8000 dibujos y 400 cuadros. Escribió 34 libros y cientos de artículos. Distintos megaproyectos para el rediseño de ciudades fueron sistemáticamente rechazados (Buenos Aires, Rio de Janeiro, Argel, Amberes, Estocolmo, Ginebra, Estocolmo, Barcelona, entre otros). Catalogado como el primer arquitecto global, que proyectaba y llevaba a cabo obras en forma simultánea en distintas ciudades del mundo, fue autor de la máxima: “el urbanismo dispone y la arquitectura da forma”.

Cuando ya tenía fama mundial y elogiaban su sabiduría, el repetía: “yo soy un asno, pero con sentido de la proporción”.

Juan Forn, el maestro de las contratapas (compendiadas en el libro “Los viernes”) publicó dos artículos sobre Le Corbusier. En uno de ellos escribió: “Antes de ser enterrado junto a su mujer Ivonne, fue despedido con un funeral de Estado en París. Veinte soldados escoltaron con antorchas el ataúd al ritmo de la marcha fúnebre de Beethoven, una comitiva procedente de la India vertió agua del Ganges sobre las cenizas, otra comitiva procedente de Brasil esparció tierra roja de Brasilia y una tercera comitiva de Japón dejó caer un puñado de hojas de cerezo de Kyoto

 

Ilustración de Valentina Pavlovsky

 


 

Bibliografía consultada

 

–          Kenneth Frampton. Le Corbusier (1997)

–          Isabel Ortiz. Le Corbusier (2010)

–          John Berger et al. Cuatro horizontes (2011)

–          Daniel Casoy. Le Corbusier en La Plata (2018)

–          Le Corbusier. Cuando las catedrales eran blancas (2007)

–          Jean Louis Cohen. Le Corbusier (2014)

–          Jean Louis Cohen. Vida y obra de Le Corbusier (2018)

–          Le Corbusier. Precisiones (2020)

–          Le Corbusier. La ciudad del futuro (2013)

–          Le Corbusier. Hacia una arquitectura (2016)

–          Xavier Monteys. La gran máquina. La ciudad en Le Corbusier (1996)

–          Abdulio Bruno Giudici. Le Corbusier en Argentina (2008)

–          Le Corbusier. Como concebir el urbanismo (2018)

–          Juan Carlos Sancho Quiroga. El sentido cubista de Le Corbusier (2000)

–          Antonio Rio Vazquez. Le Corbusier (2015)

–          Le Corbusier. El espíritu nuevo en arquitectura (2005)

–          Le Corbusier. La carta de Atenas (1993)

–          Le Corbusier. Mensaje a los estudiantes de Arquitectura (2015)

–          Urs Peter Flueckiger. ¿Cuánta casa necesitamos? Thoreau, Le Corbusier (2019)

–          Sergio Daniszewski. Maison Curuchet (2018)

–          Le Corbusier. Una pequeña casa (2014)

–          Le Corbusier. Mise au point (2014)

–          Geoffrey Baker. Le Corbusier, análisis de la forma (1996)

 

 

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