42 K: Un enfoque científico (y no tanto) sobre los maratones (versión completa)

Escribo estas líneas en los días previos a correr mi decimo maratón -aquel que otorga el inexistente título de “maratonista”-  y que se desarrollará en la ciudad de Mar del Plata el 24 de abril del 2022. Vuelvo a las pruebas de distancia, luego de la pandemia donde subí 10 kg, que logré perder con mucho esfuerzo el último semestre. Corro desde chico, pero hice la experiencia del maratón en el año 2013 y cambió mi vida, porque encontré un sentido para entrenar y una dosis de gratificación que no había encontrado en ninguna otra actividad. Correr es una conducta ancestral, de huida, de juego, de disfrute, que solemos olvidar en la adultez. Mar del Plata (4), Rosario (2), Buenos Aires (2) y Puerto Madryn (1) fueron las carreras que logré terminar. En el maratón de 42 k terminar es un éxito en sí mismo. Estas carreras tienen un punto singular, permiten que corredores amateurs puedan compartir el mismo escenario con atletas de élite y superestrellas. Creo que no ocurre en ningún otro deporte. En oposición a esta impronta democrática, las carreras de maratón recién aceptaron la participación de mujeres en 1972, un ejemplo de la segregación que han sufrido en todos los ámbitos.

En el maratón el entrenamiento sistemático lo es todo, durante meses nos dedicamos a realizar un plan específico de trabajo, en mi caso (y en el de muchos) guiado por un entrenador. Varias semanas de “carga” donde se suman 50 a 60 km por semana, sesiones de velocidad, subida de cuestas y algo de gimnasio. El entrenador es una figura notable, porque con el tiempo se construye un vínculo personal. Guillermo Sohm, profesor de actividad física, maratonista y ultra maratonista, me ha guiado en todas las carreras en los últimos 7 años. Sus consejos son simples y efectivos: sumar los km semanales, hidratarse en la carrera, estirar, correr erguido, fortalecer los músculos con pesas, descansar, comer saludablemente, poco o nada de alcohol y seguir corriendo. Con él aprendí conceptos que siempre extrapolo a mi vida: primero, considerar la hidratación como un hecho central en la carrera y tomar agua en todas las postas de hidratación con o sin sed. La sed, como fenómeno, es un aviso tardío del cerebro cuando tu cuerpo está por implosionar. El sudor es extraído de tu cuerpo con tanta velocidad que podés estar peligrosamente deshidratado antes de que se entere tu garganta.  Nos hidratamos mal posiblemente todos los días, pero en el maratón no existe ese margen. Vi a corredores desmayarse sin aviso, o caer con calambres por no tomar el líquido necesario y eso para “ahorrar tiempo”, o porque “no tenían sed”. El segundo consejo se refiere a los dolores: cuando empezás a correr y sumar distancias aparecen una serie de molestias más o menos intensas en el tendón de Aquiles, el tobillo, los dedos del pie, e incluso una sensación de quemazón a lo largo de la planta del pie que recibe el nombre técnico de fascitis plantar y puede ser una pesadilla.  Consulté a varios médicos traumatólogos y la respuesta fue más o menos la misma: –el cuerpo no está preparado para correr esas distancias, hacé otra cosa-. Pero Sohm me incitó a seguir corriendo. A correr con dolor. Aprendí que la inmensa mayoría de los dolores que aparecen en los primeros tiempos no se van con analgésicos ni mantas calientes ni cannabis en crema, simplemente desaparecen si uno continúa corriendo.  En mi caso, médico psiquiatra, son tareas que desarrollo al final del día o muy temprano, y en ocasiones, la dedicación al “entrenamiento” afecta mi dinámica personal y familiar. El entrenamiento pasa a ser una prioridad y es una decisión no del todo fácil de explicar a los demás. Para colmo, la alimentación, las horas de descanso, la carrera como tema predominante, el calzado, los tiempos, las lesiones, pasan a ser los asuntos más importantes del día a día por un periodo de tiempo prolongado. Se desarrolla un mecanismo de ritualización y un abanico de pensamientos circulares y obsesivos. Nos volvemos imposibles. A veces estoy en el consultorio pensando a qué hora voy a correr y cuantos km me corresponden, si tomé los dos litros de agua o si debo hacer “pasadas” (secuencias de aceleración, que no me agradan en particular). Repaso la grilla semanal de entrenamiento entre pacientes y entreno abdominales o estiro antes de una nueva consulta.  Mis compañeros de trabajo saben que me torno monotemático y me padecen.  En ocasiones intentan mostrar algún interés por solidaridad, con alguna pregunta general o una frase del estilo “¡ya se viene la carrera!”. Se entrena para un maratón con el calor imposible de enero, con grados bajo cero y también con lluvia. De hecho, en contra del sentido común, es muy lindo correr distancias bajo la lluvia. Hay una semiología del corredor de distancia. Hay corredores que resoplan y parecen ahogados, algunos persiguen a otros como presas para sobrepasarlos, algunos corren excedidos de peso y otros con una delgadez que asusta. También hay corredores que entrenan y piensan en comida al mismo tiempo, como me pasa a mí. Existen corredores desgarbados y otros que se desplazan con sensualidad, como si no realizaran ningún esfuerzo. Se corre motivado, sin ganas, triste, pesado, de buen ánimo, en duelo o aburrido. A veces los kilómetros modifican, y por lo general mejoran el estado de ánimo previo. Esos personajes que salen a correr un día imposible, antinatural para entrenar al aire libre, están preparando una carrera. Si bien algunos entrenan en grupos, en mi caso es una tarea solitaria. A veces me cruzo con alguien en la misma situación y tardamos un segundo en reconocernos como miembros de la misma tribu urbana. Entre los corredores de fondo hay una suerte de entendimiento en donde no hacen falta palabras. Existe un semblante típico entre los que corren largas distancias, una actitud como si estuviesen pensando en algo importante. En mi caso la expresión es de sufrimiento solemne. En el mundo de las largas distancias, hay clubes de corredores, grupos secretos, grupos de running y hasta una secta que practica carreras de alta montaña y fiestas sexuales con la misma intensidad. No la conozco. Hay figuras de culto como Emil Zátopek, el corredor checo, desgarbado y calvo, que batió múltiples records del mundo y olímpicos y al cual, Jean Echenoz le dedico su novela, “Correr” (2008). Estudioso de personajes solitarios y curiosos que avanzaron con frenesí individual, Echenoz pocos años después escribió una novela imperdible sobre Nikola Tesla, “Relámpagos” (2012).  Zátopek no solo corría más fuerte, era un maestro de la táctica:  administraba su energía y estudiaba a sus rivales. Desarrolló una técnica para descansar su cuerpo mientras aceleraba y cerraba las carreras como un rayo violento. Su historial de carreras fue 69/ 0, hasta que la invasión soviética a Praga en 1968 puso fin a su carrera atlética. También existe una raza de corredores de montaña mexicanos, los Tarahumaras (gente que corre) que baten todos los tiempos y distancias imaginables, pero en forma oculta y ajenos a las competencias oficiales. Es una historia fantástica relatada en el texto “Nacidos para correr” (McDougall, 2011).  El músico Jorge Drexler le rinde un homenaje a esta tribu en su tema “Movimiento” y en particular a la corredora Lorena Martínez, que ganó la ultra maratón (100 km) a los 22 años, en esas montañas. Los Tarahumaras corren con sandalias, muy alejados de la mercadotecnia de las grandes marcas de ropa deportiva. Incluso existe un movimiento mundial de maratonistas que reivindican correr descalzos. Obtienen buenas marcas de tiempo y menos lesiones.  Existe un ejemplo histórico: el maratonista etíope Abebe Bikila que ganó la medalla olímpica en Tokyo 1964.  En una de las carreras me crucé con un hombre corriendo descalzo y pensé, como psiquiatra, que posiblemente estaba profundamente trastornado, pero el cansancio de ese momento me alejó de mi reflexión diagnóstica. Años después, pienso en mi diagnóstico erróneo, a las corridas, y me parece un buen ejemplo de cómo podemos catalogar como anormal aquello que simplemente no conocemos.

Mi entrenamiento para esta carrera se encuentra atravesado por algunas curiosidades y accidentes.

Por razones familiares mi plan de trabajo se inició en las cercanías de Paso de los Libres (Corrientes) en el mes de enero, en los mismos días que comenzó un histórico incendio en el contexto de una gran sequía, y que arrasó casi con un millón de hectáreas. Recuerdo correr por caminos de tierra, entre carpinchos, yacarés, vacas y serpientes, mientras del suelo brotaba humo y se advertían a cien metros lenguas de fuego en los árboles y en las banquinas de la ruta nacional 14. Un gendarme me miró extrañado cuando pasé corriendo por el puesto de control. Sentí un poco del “egoísmo del corredor”, que sale a entrenar en cualquier contexto.  La catástrofe comenzó en enero, pero se tardó semanas en advertir la dimensión de la gravedad y actuar en una forma coordinada y asertiva. Fue en ese contexto surrealista que sumé mis primeros tramos de 10 y 20 km en la preparación de la carrera.

Pocas semanas después, el derrotero personal y atlético continuó en la curiosa localidad balnearia de Mar del Sud, ejemplo de un pueblo detenido en el tiempo y que no se parece a nada. La avenida principal, las ruinas del Hotel Boulevard Atlántico, los médanos, la virgen, las playas acantiladas. Mar del Sud fue fundado en 1888 y un año después se inauguraba el hotel, que sería un destino de lujo, alternativo a Mar del Plata. Pero el tren proyectado nunca llegó y el hotel perdió, antes de empezar, la clientela que había justificado su construcción. Muy lejos de estas playas, en la Rusia zarista, se estaba desarrollando una profundización de la persecución y masacre de judíos, que motivó una respuesta internacional de solidaridad, y en particular del Barón Mauricio de Hirsch, quien financió como filántropo la llegada de 800 judíos rusos en el vapor “Pampa” (Oliveri, 2021). Familias enteras con niños y abuelos, tuvieron que emigrar por tierra a Constantinopla y luego padecer un viaje transatlántico accidentado que arribó a Buenos Aires el 15 de diciembre de 1891. Este grupo de refugiados se alojó inicialmente en el Hotel de Inmigrantes, pero resultó una trampa para ellos: existían rumores de persecución, trata de blancas y no se respetaban sus tradiciones.  Para favorecer su descanso y mantenerlos a salvo, los “pampistas” fueron trasladados al Hotel Boulevard Atlántico en enero de 1892. Un viaje de dos días: tren hasta Mar del Plata y luego una caravana de sesenta carretas hasta el hotel. Pero la tranquilidad tampoco llegó en los días iniciales; primero una tormenta que destruyó parte del hotel, y luego una epidemia de tifus en la que murieron decenas de niños. Nuevos dolores que se sumaron a las desgracias previas. Concluido el verano, el grupo fue trasladado a la provincia de Entre Ríos y Santa Fe, a tierras adquiridas por el Barón Hirsh, inaugurando una de las inmigraciones más conocidas en el país que popularmente se conoció como la de “los gauchos judíos”.

Parte del entrenamiento para la maratón transcurrió por esas calles, cerca de ese mar, de los médanos. Pasé decenas de veces frente a las ruinas del hotel, que aún hoy producen fascinación y al mismo tiempo, pena. La fachada, pintada de blanco es una cáscara de un baldío, donde no hay techos ni ninguna otra estructura. Un hotel, de importancia histórica, abandonado, cubierto de vegetación, arena, pero que aún permanece de pie. Mar del Sud también tiene otra historia notable y quizá poco conocida. En la segunda guerra mundial, con la ruptura de relaciones de Brasil con el eje en 1942, Argentina fue el último bastión de inteligencia nazi. En el invierno de 1945 se produjeron desembarcos de oficiales y tripulantes provenientes de uno o más submarinos nazis U-Boots en las playas, que actualmente se conocen como El remanso y Piedras negras (Di Genova, 2022). Pocos días después, dos submarinos alemanes (U-530 y U-977), que se cree pertenecían a una flotilla más numerosa, se entregaron a las autoridades argentinas en Mar del Plata. Por esa misma época, una situación bastante parecida ocurrió en la zona de San Antonio Oeste, en la provincia de Rio Negro, donde incluso hoy se puede observar, como curiosidad, un fragmento de un submarino alemán en un museo dedicado al avistaje de aves, situado a orillas del Atlántico. Tanto en la provincia de Buenos Aires, como en la Patagonia, los desembarcos coincidían con terrenos de estancieros alemanes (De Napoli, 2016).

Correr para mí es una forma de viajar, de conocer pueblos y ciudades, y una fuente de estímulos para leer y escribir. El escritor, premio Nobel y maratonista, Murakami, en su libro “De que hablo cuando hablo de correr” (2010) equipara escribir novelas con la maratón, porque ambas tareas implican para él un gran esfuerzo físico.  Correr una maratón es experimentar con la carne propia. En mi caso, luego de tres horas de carrera, me sumerjo en un status mental cercano al trance, a un estado alterado de conciencia y de plenitud, que algunos provocan con meditación prolongada, ayunos, ejercicios de hiper ventilación, rezando y otros utilizando alucinógenos.  Es un proceso de vaciado de conciencia, de desdoblamiento. Como médico que trabaja con adicciones, encontré paralelismos entre la preparación de una maratón y los tratamientos para pacientes que desean interrumpir su consumo crónico, observaciones que publiqué en mi libro Tratamiento ambulatorio Intensivo (2019). Las carreras de distancia producen un goce que bordea el sufrimiento y regalan momentos intensos de euforia y placer. Es frecuente encontrar en los atletas de larga distancia y, particularmente en algunas pruebas extremas, personas que sufrieron adicciones. Un ejemplo notable es el polaco Jerzy Gorski, retratado en la película “Rompiendo los límites” (2017) quien luego de años de adicción a la heroína, y posterior recuperación, logró en 1990 el título de campeón del mundo del Ultra Iron Man, con un tiempo de 24 h y 47 minutos.  Los corredores de la maratón experimentan con frecuencia un decaimiento anímico muy particular en los días posteriores, una suerte de vacío triste transitorio, al que se denominó “tristeza de corredor”. Es el momento donde se suelen caer un par de uñas por las horas de rebote con el piso, situación que asusta la primera vez. Hay momentos de la carrera donde lo mental se subordina en forma absoluta a la materia corporal. Uno de esos momentos extremos es aquel que ocurre por lo general a partir de los 30 km, al que se llama “la pared”. El corredor, más o menos abruptamente, siente que ha perdido la energía vital, los músculos no responden, pueden aparecer calambres, se arrastran los pies, no se pueden levantar las piernas, como un sueño de parálisis al que no podemos reaccionar. Algunos no logran sostenerse de pie. El cuerpo se apaga. Temblores inconexos. La cabeza puede entrar en pánico. Vi gente llorar, asustarse, dejar la carrera o sentarse desconsolada a un costado del camino.  También conocí corredores a los que todo esto no les pasó en absoluto. En una ocasión -esto me sucedió varias veces- miraba mis piernas y no entendía porque no podía moverlas en la secuencia que ordenaba mi cabeza. Me quedé sorprendido un buen rato, observando mi cuerpo en movimiento automático. Si bien cada uno lo experimenta con mayor o menor intensidad y mortificación, la explicación es más fisiológica que anímica: se agotan las reservas del glucógeno hepático y el cuerpo pasa a -quemar grasa-, pero la transición tarda varios minutos y el efecto puede ser destructivo sin un entrenamiento sólido en los meses previos. Algunos expertos en deportes de aventura asemejan el alpinismo con la experiencia de correr largas distancias. Tuve la suerte de participar en la preparación del andinista Ignacio Montesinos, que hizo cumbre en el Everest, en 2019. En esa temporada compartió montaña con el nepalí Nimsdai Purja, que en siete meses coronó los 14 picos de ocho mil metros, hazaña que devino en un documental imperdible (Los 14 ochomil: No hay nada imposible, 2021). Acostumbrado a realizar alpinismo en forma solitaria, y siendo autodidacta, tuvo que ejercitar su capacidad para trabajar en equipo. Comenzó a entrenar en grupo y con un entrenador, y fue en ese ámbito, por primera vez en su vida, donde encontró personas que se tomaron en serio el proyecto y no le dijeron “estás loco”, ya que esa era la respuesta habitual. Residente en una ciudad alejada de montañas, se vio obligado a diseñar una escenografía para los siguientes 36 meses. Planificó junto con su entrenador, “el entrenamiento más aburrido y sistemático que podía llegar a realizar”: todos los días a las 5 de la mañana, con una mochila de 20 kg, subía y bajaba puentes por horas, corría en grupo, hacia pesas, subía cientos de escalones. Entrenaba el cuerpo, pero también la paciencia, acostumbrando a la mente a ir más allá de las ganas. Como ´él mismo dice: “me entrenaba para la abstracción”.  El plan, si todo fluía, consistía en vivir al menos noventa días en condiciones climáticas extremas. Donde atarse los cordones, te quita la respiración. Donde un paso en falso es el final, o donde simplemente, el corazón puede dejar de latir sin aviso. No había entrenamiento de más. El Everest es tan glamoroso como letal, desde accidentes en el ascenso y, sobretodo, en el descenso, con súbitas avalanchas, y la “zona de la muerte” entre el ultimo campamento y la cima -donde no hay condiciones de vida-, hasta el temido “mal de altura”, un cuadro de congestión pulmonar y cerebral potencialmente mortal, debido a la altitud. Desde la primera ascensión exitosa (Hillary & Tenzing, 1953) se ha cobrado cientos de vidas, y en muchos casos, los cuerpos aún están en la montaña con sus equipos de nieve fluorescentes e intactos.  La altura además altera la capacidad para pensar lógicamente, “ahueca” la mente y provoca, por ejemplo, que experimentados alpinistas tomen decisiones catastróficas. Se instala un letargo, una tendencia al sueño, un extraño desinterés, incluso por la propia sobrevivencia. La altura agota las extremidades, pero sobretodo el cerebro. En la crónica periodística de la primera expedición exitosa, Jan Morris detalla: “la altitud borra los limites mentales, envolviendo la experiencia en una uniformidad gris y congestiva. La capacidad para discernir la distancia y el peligro queda alterada, pero también los valores estéticos y los niveles básicos de disfrute y desagrado”. El riesgo es tal, que es necesario firmar un cuestionario antes de viajar para indicar el destino del cuerpo en caso de fallecer. Las opciones eran algo así como: a) dejarlo en su lugar, b) bajarlo en helicóptero, si la altura lo permite, c) ser arrojado con honores a una grieta. Durante los tres años de entrenamiento, Montesinos revela que fue una lucha constante, dudas, amenazas de detener el proyecto, y consejos bien intencionados recomendándole que dedique su energía a tareas “más amables”.  Pero una fuerza novedosa, el compromiso con sus compañeros de entrenamiento, inclinó la balanza a continuar. Actualmente Montesinos es uno de los 26 escaladores argentinos, en la historia, que lo lograron.

 

Viene a la cabeza un recuerdo sensorial de mi última carrera. Me encuentro en los últimos kilómetros, en ese tramo en donde uno ruega íntimamente que no suceda nada sobrenatural. Inmerso en una capa de sudor, mezclado con salpicaduras de bebidas de hidratación, restos de banana y de geles.  A esta altura mi visión es “en tubo”, miro hacia adelante, mis pies, el entorno ya es una sombra. El record mundial de maratón es de dos horas y un minuto (Eliud Kipchogue, 2018), pero en mi caso, cuatro horas sería un tiempo razonable. Debo confesar que hacer algo la mitad de bien que el mejor del mundo, sea posiblemente mi techo en cualquier disciplina deportiva o de otro tipo, así que lo disfruto.  El estímulo sensorial más potente es el rebote de los pies en mi cuerpo y mi respiración, que a esta altura suena como tambores en mi cabeza. La sensibilidad del rostro, de las manos y los pies, son vías con acceso directo al cerebro. Correr distancias es un acto de esfuerzo, pero también una actividad sensual. El ritmo de la respiración, el sudor que baña la piel, el agua helada como premio, la sensación de flotar, la atención exquisita al propio cuerpo. Un solo pensamiento: terminar la carrera. Puedo prestar atención al terreno, a quien va adelante, como referencia y anzuelo. Lejos del Everest y sus peligros, e inmerso en mi propia cumbre, recuerdo mis lecturas sobre esas expediciones y encuentro algunas similitudes. La importancia de no “quemarse” (excepto que seas Zátopek) con aceleraciones de ritmo innecesarias cuando nos sentimos enteros, y en mantener una “reserva de energía” para el final. Es que la carrera de 42 km no son dos bloques de 21 km. La segunda parte tiene su propia personalidad, es una deidad que se alimenta de corredores omnipotentes. La energía se va extinguiendo y la prisa desaparece, y se puede producir un momento de calma, de sincronización perfecta con el aquí y ahora, de disfrute profundo. El escritor Williams James lo dice poéticamente: “Más allá de lo extremo de la fatiga y el sufrimiento, encontramos cantidades de alivio y poder que nunca habíamos soñado poseer”.

Pocas veces me sentí más vulnerable que en los últimos kilómetros de la maratón, hay algo del agotamiento extremo que diluye las defensas personales. Estamos en carne viva emocional, a tal punto que el aliento de un desconocido nos empuja cien metros. Una mirada compasiva, un aplauso, pueden marcar la diferencia a nuestro favor. Es a tal punto una prueba que mide nuestra propia tolerancia, que hay poco espacio para la rivalidad. Los aspectos más narcisísticos se van evaporando y predomina un clima de camaradería, de emoción y apoyo mutuo. Tu rival es el camino y la exploración del límite personal. Los tarahumaras entienden las carreras como un “festival de amistad”. Se pierde filtro, se produce una regresión emocional y es un momento privilegiado en nuestra vida adulta. Es una de las cosas que extraño en los meses que mi cuerpo no me permite correr otra maratón. La respiración se transforma en un mantra envolvente, los propios pensamientos adquieren un tono inédito y claro, las sensaciones corporales toman el dominio de nuestra existencia. En la maratón se valora el sacrificio, se aplaude con igual o más devoción a los últimos que a los primeros. Muchos campeones mundiales terminan la carrera, se duchan y van a aplaudir a los amateurs, que los doblan o triplican en tiempo.

En las semanas previas a la carrera surgieron dos problemas importantes. Un dolor abdominal agudo reveló en una ecografía infinidad de cálculos en la vesícula biliar. El cirujano fue claro, “vida normal” y cirugía. No me animé a explicarle que dos días antes de la cirugía programada voy a correr la maratón. Intuyo que la definición “vida normal” y maratón no son del todo sinónimos, pero tampoco fue una contraindicación. No terminan ahí las sorpresas. En la última semana experimenté un dolor glúteo, con irradiación a la región posterior del muslo. Consulté a un traumatólogo (maratonista, obviamente), me realicé una RMN, 12 minutos de sonidos y temblores inquietantes, y me diagnosticó una compresión nerviosa por una contractura de un estratégico músculo, llamado piramidal. Esto me llevó a la osteópata, quien en una sesión me hizo ver las estrellas y me enseñó ejercicios de relajación de ese músculo. El panorama no parece sencillo.

Solo imagino el final, con Oriana en la meta, mis amigos alentando, la transpiración, la marea de cuerpos y quizá, si la energía me lo permite, mirar por un momento el mar.

 

Bibliografía

-Liliana Oliveri. Desde la Rusia Zarista al Boulevard Atlántico. MB Editorial, Buenos Aires, 2021.

-Facundo Di Genova. En el lejano Sudeste. Ediciones del empedrado, Buenos Aires, 2021.

-Ignacio Montesinos, comunicación personal.

-Jean Echenoz. Correr. Editorial Anagrama, Barcelona 2008.

-Carlos De Napoli. Nazis en el Sur. Editorial Vergara, Buenos Aires, 2016.

-Jon Krakauer.  Mal de altura. Editorial Desnivel, Barcelona, 1997.

-Jan Morris. La coronación del Everest. Revista Ñ, Biblioteca de los grandes viajes, Buenos Aires,  2022.

-Federico Pavlovsky. Tratamiento Ambulatorio Intensivo, Buenos Aires, 2019.

 

 

 

 

 

 

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